Viajamos, nos movemos por diversos rincones del mundo, y muy frecuentemente nos topamos con paisajes tan bellos y sensaciones tan sublimes que no podemos resistirnos a coger la cámara fotográfica y tratar de enmarcarlo todo para siempre. Luego, tras el revelado, nos damos cuenta de que lo que vimos y sentimos en aquel momento no tiene relación alguna con lo que apreciamos en las instantáneas que tenemos en nuestras manos o en la pantalla del ordenador. La imagen, simplemente, se ha quedado huérfana de sentimiento.
Conocer las reglas de composición, entrenar el ojo fotográfico y disponer de la sufiente habilidad para manipular la tríada formada por el tiempo de exposición, la abertura del diafragma y el ISO nos puede ayudar a conseguir que gran parte de las connotaciones del paisaje quede plasmada en nuestra fotografía.
En este sentido, la presentación que acompaña a estas palabras sirve para demostrar que es posible, por ejemplo, captar la belleza de una (para muchos) odiosa mañana borrascosa de un lluvioso domingo de invierno, e incluso la apacible visión de ensueño de algún río que antaño fuera morada de duendes y hadas según las leyendas populares.
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